sábado, enero 22, 2011

Para Recordar

Me aterra imaginar los museos del futuro. Al visitar hoy en día los vestigios del ayer se ve con cuánto esmero se recuperaron fotografías familiares, objetos personales, documentos de interés público, entre otros, para exhibirse ante nuestros ojos con el fin de crear un imaginario de nación. Pero mañana ¿quién elegirá lo que valga la pena? ¿Acaso algo valdrá la pena? Si en la actualidad cada individuo produce cientos de miles de fotografías a lo largo de su vida: de cabeza, boca abajo, empelotas, de paseo… ¿qué valor tendrá ese sinsentido narcisista de registros? Y… ¿qué objetos personales exhibirían? ¿los computadores que cambiamos una vez al año? ¿las medias desechables, los atrevidos hilos dentales?
No tengo una nostalgia malsana por el olor a viejo de las calzonarias de Simón Bolívar o por el pato en el que defecaba el General Santander, pero este consumo desmedido y la facilidad de obtener lo que queremos sí me invita a pensar sobre el valor de los objetos que han sido fabricados para facilitarnos la vida, pero que cada vez son de peor calidad; desechables todos tienen la vida de un marido moderno y se botan a la basura con la misma facilidad que un registro de matrimonio mal habido. Ya nada se fabrica con dedicación, ni con intención de durabilidad, ni tampoco nos gusta cuidar lo que conseguimos porque antes de que lo estrenemos la siguiente temporada ya ha opacado nuestro recién puesto vestido, par de gafas, computador, I pod o cualquier otra enfermedad material con la que cubrimos la insatisfacción de nuestra clase social, del tamaño de nuestros penes o tetas, de nuestro apellido criollo y de fácil pronunciación.
Todo lo que no tiene arreglo en su defecto se cambia. Entonces la nariz fea y aguileña se la cambiamos por una de cerdo recién descolgado del gancho en el matadero. El atractivo gordito se lo cambiamos por el aspecto de una enferma terminal y el culo se lo hacemos a la medida de los bolsillos del pagador. Y esos monstruos creados por cirujanos sin ética envejecen, indefectible y horrorosamente, para convertirse en esas señoras que parecen fósiles andantes con las sonrisas tiesas y las arrugas mal disimuladas y llevadas con deshonro. Son la muestra viviente de la manera en la que envejece nuestra sociedad… ¿Serán así de feos los museos del mañana? ¿Será eso lo poco que quede para ilustrar la pobreza intelectual que invadió este siglo de facilidades materiales y desazón generalizada?

No hay comentarios.: