Somos
un país idiota, paraco, narco y guerrillero. No tenemos cura porque la única
opción para salir de la estupidez es el estudio de calidad, sin discriminación,
manejado por científicos y no por sectas religiosas. Donde rezar sea una opción
y no una obligación, donde el himno que se cante tenga ritmo de joropo y no de
música importada. Y acá en Colombia nos dedicamos a construir edificios para
llenarlos de cerebros vacíos que imparten cátedras inútiles a
niños sin futuro cuya pobreza mental alimenta la miseria de los municipios que
habitan. Somos inmensurablemente pobres, y a esta carencia material y de
conocimiento se suma la peor de las enfermedades, que se llama optimismo. Ese
sentimiento que pretende que sobre los mares de desigualdad que habitamos, unos
pocos podamos nadar con felicidad porque podemos comprarnos un celular, unas
gafas bonitas o porque pasamos cinco años pagando un carro. Eso, amigos, no es
felicidad, es estupidez. Por eso prefiero a los negativos, a los inconformes, a
los intransigentes, a los que se llenan la boca de insultos para la puta cajera
que nos mira con desdén, para el cabrón político que nos caga la cara
robándonos, para el médico mediocre que nos receta acetaminofén, para el hijo
de puta ladrón de Palacino, la rata de Gaviria, el payaso de Pastrana, el matón
de Uribe, el guevón de Pacho Santos. Prefiero que sobre este optimismo inútil,
medieval, precario, dogmático y conformista lluevan vulgaridades
transformadoras que se materializan en protestas, gritos, letras, fotos. A
volver mierda ese Congreso, a patearles las bolas a los engendros cuya esperma
cuaja cucarachitas que se ganan sueldos onerosos en medio de kilos de mierda. Sueño con castrar a media humanidad para así
evitar que esta monarquía sucia disfrazada de democracia se reproduzca. No quiero
ver a Tomás ni a Jerónimo Uribe en el Congreso, ni tampoco a los hijos de los
Santos, ni a los Gaviria. El optimismo, esa penosa enfermedad que padecemos,
nos mantiene pasivos ante ese desfile de descerebrados inútiles y egoístas.
Nosotros, sus servidores, seguiremos acomodando esos pestilentes culos en el
poder, para que nuestra miseria la aumenten con leyes insulsas que
reglamentarán la educación infértil que reciben nuestros hijos. Odio sus
sonrisas blanqueadas, su pelito de pendejos, sus corbaticas importadas. Los
odio, multiplicadores de pobreza y exclusión.