Dios hubiese renegado mil y un veces sobre la iglesia que lo representa, haciendo público el dolor de ver cómo unos hombres ambiciosos y perversos se llenan los bolsillos pregonando entre los pobres la igualdad, hablando de núcleos familiares cuando violan a los niños que los componen, pidiendo plata al pobre para beber vino todos los días en copas de oro que bien servirían para alimentar a una docena de jóvenes chocoanos. De seguro que Dios sería ateo si hubiese visto a torturadores y verdugos e inquisidores castigar a hombres y mujeres inocentes por sentir y vivir como seres humanos, con pasiones y gustos naturales como la fornicación o el deseo por la vecina o el vecino.
A Dios le habría molestado ver los lujos del Vaticano y contrastarlos con los millones de fieles pobres. Sentiría vergüenza por las joyas que ostentan sus representantes, por las obras de arte, el papa móvil, las copas de oro, las sotanas, los cinturoncitos rojos de seda… Si Dios hubiera vivido estaría molesto de ver cómo César Mauricio Velásquez representa a Colombia en su santa sede, con esa sonrisa pícara, con esa malicia indígena, con ese caminado lento y ambicioso.
A Dios le habría enfurecido ver cómo la iglesia atajó el pensamiento, el conocimiento del mundo que él creó para que habitáramos y nos sintiéramos a gusto; odiaría esa iglesia que todo lo oculta, que todo lo cubre debajo de sus sotanas, entre sus muros milenarios, entre sus iglesias cubiertas de sangre. El Dios revolucionario creador del cielo y de la tierra habría renegado sobre los fieles que lo siguen pero que asesinan médicos que practican abortos para salvar la vida de la madre. Dios, en el que yo creería, habría empalado a las monjas abusadoras de niñas en los colegios y no habría tenido piedad alguna de los dictadores y asesinos que acabaron con generaciones enteras. Dios no dejaría que sobre Colombia, además de la desgracia de la guerra y del odio urbano, cayeran rayos, truenos y gotas de agua que acaban con miles de hogares de pobres que dieron su diezmo para erigir iglesias durante siglos. Lo irónico es que ellos prefirieron darle antes una casa al señor que tener una sólida ellos mismos.
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