sábado, abril 16, 2011

Sobre la voz del pueblo

Hay una secuencia de hechos que se concatenan de manera lógica para hacer imposible la materialización formal de la democracia. El primer aspecto fundamental es quienes la practican, los ciudadanos (no habitantes), es decir hombres formados políticamente que se apropian del espacio para transformarlo. En Colombia no existen las condiciones para que el habitante sea ciudadano: la educación política. Esta última se ha convertido en la repetición de una de las constituciones más extensas y bellas del mundo, imposible también de materializar. Minuciosa, la constitución política de Colombia describe y regula tanto que relativiza los hechos de fondo. Esa endeble formación política que debiera tener el ciudadano se aprende en las derruidas escuelas que usted encuentra a lo largo y ancho del país y del mundo. Y están derruidas no estructural sino epistemológicamente, se han convertido en centros de adiestramiento con textos elaborados por maestros previamente deformados que plasman su versión de los hechos: repiten teorías extintas y dictan materias que no conocen, pero que tampoco deben conocer porque hay un libro de texto que se imparte desde Medellín hasta Nuquí, sin importar si unos habitantes viven rodeados de montañas y otros de mar, si unos tienen una ciudad semi-industrializada y los otros conviven en una tierra de propiedad colectiva donde hablar inglés no sirve ni para ver televisión, porque no hay luz. Todos coexistimos bajo la sombra de un país que no existe, fragmentario pero unido con ideales morbosos de democracia y productividad y efectividad y tratados de libre comercio, palabras que les hinchan las jetas a tanto yuppie y tanto político.
Lo que pasa, amigo, es que hay muchas versiones de democracia que los políticos no se molestan en describir. Y bajo este criterio puedo decirle que, entonces, desde Chávez hasta cualquier presidente finlandés hay sistemas democráticos. Elegidos popularmente representan la voz de la mayoría; sin importar si se acogen o no a la voz de otros personajes ambiciosos que también fueron elegidos por los mismos seres ciegos que se formaron bajo el régimen de la simplicidad de pensamiento. Y los unos cubren a los otros para cohabitar las pútridas cúpulas legislativa, ejecutiva y judicial, que se encierran en un sentimiento endógeno para asir el poder. Y quienes creen que ascienden desde la base para llegar a insertarse en la cúpula no notan que son, a su vez, parte del mismo sistema, creado para dejarlos llegar a ridiculizar al pueblo, para deslegitimarlo desde su propio reflejo. ¡Que suban los payasos para que el pueblo siga creyendo en nosotros! Y los lustrabotas y las aseadoras salen después de deslegitimar a sus congéneres a interpretar realities de televisión, mostrando que la ambición prima por sobre la idea de voz y de pueblos y de participación y de toda esa sarta de inaprensibles beldades.
Y los hombres decentes nos aferramos cada vez más a la idea de que la democracia suena bien pero se ve mal, es un proyecto político que cuando se materializa se destruye, al igual que los derechos constitucionales de los que pocos colombianos en realidad gozan.