Aquello que fue concebido como un ejercicio de
deliberación para la búsqueda del bien común es hoy un distractor de los
elementos fundamentales que estructuran a las sociedades. La política es una
enfermedad televisada que no dice nada duradero, mientras que la novela todavía
dice algo; no sé por cuánto tiempo, pero aún lo hace.
Y esa diferencia entre política y pensamiento se
manifiesta abiertamente en los móviles que conducen sus ideas, encontramos una amplia brecha entre el periodismo, que
registra los aspectos políticos, y la literatura o la historia, que indagan en
las motivaciones y estructuras que rigen las vidas de los hombres.
Digo hombres y no hombres y mujeres porque creo
que somos la misma especie y que no construiremos sociedades mejores nombrando
las cosas dos veces y agregando una letra al final de cada palabra para incluir
a las minorías. Porque de ser así, cuando nos dirijamos a un público y queramos
ser políticamente correctos deberemos decir: Damas y caballeros, rameros y rameras,
asexuados y asexuadas, maricos y maricas, putos y putas, distinguidos y
distinguidas. Y faltarían otras tantas minorías por sumar para así involucrar
al total de nuestra sociedad. Estas preocupaciones de forma son las preguntas
de la academia y del periodismo, del activismo político, de las ONG y, a través
de los debates que suscitan sus imbecilidades, vemos cómo la materia gris de
los hombres encamina sus energías a resolver problemas tontos, sin fondo y sin
solución. La novela y la poesía, para bien del lector, no se preocupan por esas
nimiedades y por lo tanto mantienen algo de estética, así tampoco solucionen
mucho.
Por eso cuando el periodista se llama a sí
mismo literato yo me enrosco, porque me entristece pensar que nuestros
reporteros mal hablados y sin mínimos conocimientos sobre sus propias
sociedades se crean literatos, o mejor dicho, escritores. Tampoco defiendo a
los literaticos de academia, a esos que leyeron obligados y a quienes les
dieron costosos cartones inservibles como prueba fehaciente de su
desconocimiento del mundo; me refiero a los que se formaron leyendo y
escribiendo con ira, pasión, disgusto o cualquier otra emoción visceral que los
hace, realmente, merecedores al título de escritores.
La
política sirve para entretener a los ociosos, porque ha demostrado su
incapacidad para regir el destino de los hombres bajo sistemas igualitarios. La
efectividad de las leyes que se proclaman en nuestras instituciones
democráticas son como el dinero de la cooperación internacional: se queda en el
camino. Lo sustancial, aquello que nos incumbe a todos, se disfraza bajo
debates de odio, basados en ideologías enfermas derivadas de instituciones
religiosas. Así, el derecho a la igualdad se pierde entre el debate homosexual,
la legalización de las drogas, las minorías étnicas y otros tantos disfraces que
fragmentan la sociedad para aparentarla incluyente.
Hoy equiparamos los debates de ideas con las
conversaciones de té que entablan reinas de belleza en los noticieros de
televisión sobre si tal o cual culo es real u operado. Acto seguido sale un
secuestrado, que antecede al de mañana, y al de pasadomañana, como si se
tratara de una novela predecible y mal escrita cuyos protagonistas siempre
visten de corbata y jamás visitan una cárcel.