Que si el Presidente quería ser reeligido: se modificó la Constitución, que si el Presidente quiere participar en política: entonces que se modifique la ley. Así, cada actuación del mandatario abre un debate, no sobre los comportamientos políticamente correctos, sino sobre si la ley no debe aplicar en esos casos o si, por el contrario, se debe cambiar para que el Presidente pueda hacer lo que se le dé la gana: argumentos en favor y en contra es lo que hay; sin embargo ¿por qué se abren debates y no investigaciones?
Esta es una democracia de papel que el Presidente se pasa por la faja: si quiere legislar pues legisla y si quiere quebrantar la ley, lo hace. Lo más grave es que ni la misma ley ni la opinión pública lo castigan, la primera porque la institucionalidad en el país es más que débil, a los ojos de cualquiera (basta citar el escándalo de la parapolítica y de la Fiscalía) y la segunda porque ni siquiera comprende el concepto de democracia y ve las actuaciones del Presidente como válidas, sencillamente porque él es el jefe de Estado y tiene un aval del 70%, según las encuestas.
Lo grave es que, apoyados por los medios de comunicación, cada nuevo quebranto de la ley se convierte en un asunto por reconsiderar. Y si la opinión pública o los opositores son demasiado fuertes, estos debates los desvía el Comisionado de Paz que acusa a Carlos Gaviria de simpatizante con la guerrilla porque a alguien se le ocurrió publicar un artículo suyo en Anncol. El señor Carlos Gaviria fue plagiado como los miles de usuarios del ciberespacio, pero el comisionado de paz, que por fin encontró qué hacer, hizo de esto un debate sobre el delito político y, obviamente, tiene a la prensa carroñera encima.
No sería raro que todo esto fuera premeditado para que luego de la desmovilización de los paramilitares, que están gozando de muchas garantías por ser considerados delincuentes políticos, a nadie más le toquen privilegios, explícitamente a la guerrilla. Porque si no hay guerrilla no hay Uribe, y si no hay Uribe hay Polo, y si hay Polo, habemus izquierda en el poder, cosa que Uribe no quiere; prefiere cuidarse alborotando avisperos aquí y allá, legislando de bajo perfil y haciendo bulla en los medios.
miércoles, octubre 31, 2007
jueves, octubre 18, 2007
miércoles, octubre 17, 2007
Ay, Petro....
Peleaba contra los yanquis y ahora les recibe premios de derechos humanos. Después de haber arremetido contra los Estados Unidos en un sinfín de debates, después de haber pregonado a los cuatro vientos (como Senador) y a punta de plomo (como guerrillero) en contra el capitalismo, el Senador estrella de nuestra izquierda pasa largas temporadas en Washington, haciendo gala del cinismo, más que de la diplomacia, y le recibe premios a los gringos, como si éstos supieran de humanidad y de derechos en algún lugar de la tierra que esté fuera de su territorio.
Se comportan igual, oran igual, viven en los mismos barrios, se dan la mano detrás de cámaras mientras que en el debate se insultan: burlándose de la inocencia del ciudadano que cree todo lo que ve a través de la pantalla. Estas ratas de la izquierda se están pareciendo, triste pero no sorprendente, a los hijos de puta de derecha que vienen detentando el poder desde la conquista. Hampones todos, que se embelesan con el poder y que viven en palacetes en el parque de la 93 y salen a los mejores restaurantes: luchan por la igualdad pero a ninguno se le ha ocurrido que le reduzcan ese exorbitante sueldo de narcotraficante que reciben gracias a los impuestos que pagamos los colombianos, con más del 60 por ciento en la pobreza.
Duele más de la izquierda que de la derecha. De los ricos y de los hijos de puta ladrones del partido conservador, liberal y de la U no me esperaba menos, porque ellos y sus papás hicieron de este país una cloaca desde hace mucho, pasándose el poder a través del apellido, a pesar de que vivíamos en una democracia.
Que el Senador tiene la razón: seguramente sí, lo que él denuncia no es secreto para nadie. La tierra productiva de este país pertenece a un mínimo porcentaje del total de la población, y además no la trabaja. La tiene para mirar a lo lejos y decir que “todo, hasta donde le llega la vista y más, es mío”, y lo heredará a los monstruos que ha de parir con una perra desvergonzada que tiene la misma cantidad de tierras: entonces se sumarán el hijo de puta y la perra, ambos millonarios, y después pondrán a sus hijos, y a sus nietos, a fornicar hasta que todo sea de la misma familia, la infamia, y el resto del país quede en la inopia.
Pero esa denuncia no merece un premio de derechos humanos; mucho menos cuando el premio viene de un país que no conoce el término. Ese reconocimiento se lo deberían dar post mortem al señor López Pumarejo, que en su primer Gobierno quiso implementar una reforma agraria y no lo dejaron sus amigos, los ricos y los industriales, ni implementarla ni terminar su segundo período presidencial. El Senador, quiera Alá y no lo reciba, se ponga juicioso y a portarse como un hombre consecuente porque a este paso no sería raro encontrarlo un día recibiendo el premio Nóbel de la paz de manos del Presidente Bush.
Se comportan igual, oran igual, viven en los mismos barrios, se dan la mano detrás de cámaras mientras que en el debate se insultan: burlándose de la inocencia del ciudadano que cree todo lo que ve a través de la pantalla. Estas ratas de la izquierda se están pareciendo, triste pero no sorprendente, a los hijos de puta de derecha que vienen detentando el poder desde la conquista. Hampones todos, que se embelesan con el poder y que viven en palacetes en el parque de la 93 y salen a los mejores restaurantes: luchan por la igualdad pero a ninguno se le ha ocurrido que le reduzcan ese exorbitante sueldo de narcotraficante que reciben gracias a los impuestos que pagamos los colombianos, con más del 60 por ciento en la pobreza.
Duele más de la izquierda que de la derecha. De los ricos y de los hijos de puta ladrones del partido conservador, liberal y de la U no me esperaba menos, porque ellos y sus papás hicieron de este país una cloaca desde hace mucho, pasándose el poder a través del apellido, a pesar de que vivíamos en una democracia.
Que el Senador tiene la razón: seguramente sí, lo que él denuncia no es secreto para nadie. La tierra productiva de este país pertenece a un mínimo porcentaje del total de la población, y además no la trabaja. La tiene para mirar a lo lejos y decir que “todo, hasta donde le llega la vista y más, es mío”, y lo heredará a los monstruos que ha de parir con una perra desvergonzada que tiene la misma cantidad de tierras: entonces se sumarán el hijo de puta y la perra, ambos millonarios, y después pondrán a sus hijos, y a sus nietos, a fornicar hasta que todo sea de la misma familia, la infamia, y el resto del país quede en la inopia.
Pero esa denuncia no merece un premio de derechos humanos; mucho menos cuando el premio viene de un país que no conoce el término. Ese reconocimiento se lo deberían dar post mortem al señor López Pumarejo, que en su primer Gobierno quiso implementar una reforma agraria y no lo dejaron sus amigos, los ricos y los industriales, ni implementarla ni terminar su segundo período presidencial. El Senador, quiera Alá y no lo reciba, se ponga juicioso y a portarse como un hombre consecuente porque a este paso no sería raro encontrarlo un día recibiendo el premio Nóbel de la paz de manos del Presidente Bush.
lunes, octubre 08, 2007
El panorama electoral en Bogotá es desolador
Después de varias elecciones en las que la oferta a la alcaldía fue más que atractiva, Bogotá no sabe si elegir a un narrador de fútbol, a un ex alcalde que ha puesto por encima a los ricos y a sus propios intereses, o a una cara nueva con poca experiencia y sin mucha habilidad en el debate, claro está, por desconocimiento de la ciudad.
Samuel Moreno no se ha sabido defender en ninguno de los debates; o mejor dicho no ha sabido defender sus propuestas, que en su mayoría parecen ser inviables. Ha dejado ver que no conoce a fondo el tejemaneje administrativo, ni mucho menos; en cambio contesta con afán y mira a la cámara, haciendo política, como si su cara bonita lo fuera a sacar del aprieto.
Su primer adversario, el señor Peñalosa, es un viejo zorro de la ciudad, conoce a fondo la maquinaria que mueve a Bogotá, y sus argumentaciones en los debates son casi irrefutables, no por buenas, ni más faltaba, sino porque pocos conocen a Bogotá tan bien como él mismo.
Peñalosa tiene simpatizantes universitarios, yuppies que se alegran de ver menos pobreza en sus barrios y una ciudad un poco más moderna (desde el carro y no entre el tumulto del Transmilenio). Con él simpatizan, también, quienes finalmente pudieron ver la inversión del dinero, así no estuvieran de acuerdo con gastarlo en bolardos y ciclorrutas inconclusas que obligan a los ciclistas a bajarse a las vías principales.
Pero Samuel también tiene seguidores en la clase alta, que se han sumado a su campaña con la nostalgia de ver en él a un Rojas Pinilla democrático. Y los pobres lo ven, como dice su propaganda, como el vecino, el amigo y, quizá, el alcalde.
Falta el voto vergonzante, que ya no da tanta pena y que ha tenido acogida en varios sectores de la sociedad, como los taxistas. William Vinasco, narrador de fútbol, ha subido drásticamente en las encuestas; sin embargo es difícil pensar que llegue a la Alcaldía de Bogotá. Eso sí, en las próximas elecciones para Concejo podrá salir elegido, y quién quita, perfilarse como congresista, como varios de sus amigos salidos de la farándula a la política.
Las caras nuevas no están tan preparadas como querríamos: un narrador de fútbol y un hombre que heredó simpatías, pero que no las ganó por mérito propio. La cara vieja no convence, porque lo que ya hizo no le gustó a mucha gente. Si ganan los primeros es “para que robe otro”, y si gana Peñalosa es “por que ese roba pero hace” ¿Es eso democracia?
Samuel Moreno no se ha sabido defender en ninguno de los debates; o mejor dicho no ha sabido defender sus propuestas, que en su mayoría parecen ser inviables. Ha dejado ver que no conoce a fondo el tejemaneje administrativo, ni mucho menos; en cambio contesta con afán y mira a la cámara, haciendo política, como si su cara bonita lo fuera a sacar del aprieto.
Su primer adversario, el señor Peñalosa, es un viejo zorro de la ciudad, conoce a fondo la maquinaria que mueve a Bogotá, y sus argumentaciones en los debates son casi irrefutables, no por buenas, ni más faltaba, sino porque pocos conocen a Bogotá tan bien como él mismo.
Peñalosa tiene simpatizantes universitarios, yuppies que se alegran de ver menos pobreza en sus barrios y una ciudad un poco más moderna (desde el carro y no entre el tumulto del Transmilenio). Con él simpatizan, también, quienes finalmente pudieron ver la inversión del dinero, así no estuvieran de acuerdo con gastarlo en bolardos y ciclorrutas inconclusas que obligan a los ciclistas a bajarse a las vías principales.
Pero Samuel también tiene seguidores en la clase alta, que se han sumado a su campaña con la nostalgia de ver en él a un Rojas Pinilla democrático. Y los pobres lo ven, como dice su propaganda, como el vecino, el amigo y, quizá, el alcalde.
Falta el voto vergonzante, que ya no da tanta pena y que ha tenido acogida en varios sectores de la sociedad, como los taxistas. William Vinasco, narrador de fútbol, ha subido drásticamente en las encuestas; sin embargo es difícil pensar que llegue a la Alcaldía de Bogotá. Eso sí, en las próximas elecciones para Concejo podrá salir elegido, y quién quita, perfilarse como congresista, como varios de sus amigos salidos de la farándula a la política.
Las caras nuevas no están tan preparadas como querríamos: un narrador de fútbol y un hombre que heredó simpatías, pero que no las ganó por mérito propio. La cara vieja no convence, porque lo que ya hizo no le gustó a mucha gente. Si ganan los primeros es “para que robe otro”, y si gana Peñalosa es “por que ese roba pero hace” ¿Es eso democracia?
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
