martes, enero 24, 2012

A la abuela, dos años después

El insomnio es el espacio creativo. Lo sabías, abuela? Creo que no, porque hace ya más de dos años que duermes en paz. Por mi parte, desde que me medicaron con pastillas psiquiátricas duermo bien, y por eso escribo poco. Siempre que se gana algo se pierde alguna cosa. Ya mis insultos no fluyen con el mismo ímpetu de antes, ni tengo una posición incorruptible ante la vida y los principios. Es más, últimamente prefiero los finales.
Hace años que dejé de leer Bukowski, Burroughs y Vallejo. El sistema me ha lavado el cerebro y ya no los disfruto como antes. Los veo como literatura juvenil, y los adolescentes no me gustan, porque adolecen de conciencia para disfrutar que lo tienen todo. Pero el tiempo pasa y deja huellas indelebles de taras y complejos que se potencian con la estupidez de la adultez, con la maricada esa de la sociedad y del amor y de la culpa… y todo eso que se inventaron los católicos. Yo sé, querida abuela, que eras católica. Pero lo eras por convicción divina y no por política. Y ahora sé que al final de tus días poco te preocupaban esos dilemas. Eras una mujer con claridad de lo bueno y de lo malo, aunque hablabas poco para decirle a los hijueputas a la cara lo que se merecían. La prudencia te acompañó en 50 años de casada, y aún antes de morir guardaste silencio. ¡Y sí qué tenías cosas que decir! A mí se me habría hinchado la boca de guardar tanto. Hoy sufro por hablar mucho, porque a la gente no le gusta el ensordecedor ruido de la crítica. Prefieren ocultarse debajo de su ropa de moda, o tras la cortina de humo que tiende el basuco entre la realidad y la ficción. Yo también me ocultaría si no hubiera cometido el error de abrir un libro por primera vez. Es que el conocimiento acompaña a la frustración, porque nos da conciencia de lo que no podremos alcanzar. Aunque, a modo de comentario, te cuento que el conocimiento cada vez se aleja más de las universidades y colegios, si es que alguna vez rondó esos lugares; desde que institucionalizó tenemos hordas de bestias marchando, creyendo que con saber un poco más se van a comprar el último celular, o van a pagar la prepago del año, como sueñan todos los colombianos del nuevo siglo.
Te confieso, abuela, que me hacen falta tus silencios, tus telenovelas, tus cigarrillos. Las reuniones familiares no son lo mismo sin tu presencia, porque ya no quedan mujeres mayores en la familia, y los hombres tendemos a ser estúpidos por naturaleza. Sin embargo, hacemos nuestro mejor esfuerzo para sobrevivir a tu ausencia. Mi tía lo hace bien, así que sigue durmiendo, tu espacio creativo ya terminó.
Nota: Perdóname no abrir los signos de interrogación, pero la globalización acabó con esas maricadas inútiles.

jueves, enero 19, 2012

En contra de la resurrección

Ofreciendo de antemano las debidas disculpas a los creyentes en la rencarnación, a los que temen ver sus cuerpos carcomidos por los gusanos, a los que anhelan nacer en el primer mundo en el próximo chance: Mi mayor castigo no sería el infierno católico, sino una segunda vida. Ni qué decir una tercera o cuarta. No, con una visita por este mundo es suficiente para preferir la versión católica y pedirle a Dios que me mande al infierno a rostizarme los testículos en las tierras bajas. Me gustan la tierra caliente, las diablas, la música pecaminosa. Quiero bailar reguetón con todas las vagabundas que Dios rechazó por saber hacer lo que el instinto les manda, quiero encontrarme con Joe Arroyo pegándose un sustico en cualquier rincón, y después poniendo a bailar a Messalina con su séquito de folladores. ¡Qué bello parece ser el infierno!
El cielo se los devuelvo, queridos católicos. Nada más aburrido que un harpa tocada por un ángel con cara de mariquita, y varios curitas detrás, cogiendo a los angelitos como saben hacer desde el principio de los tiempos.
Y, en lo que se refiere a volver acá vestido de africano con hambre, o de gringo obeso, ninguna de las anteriores me llama la atención. Y conociéndome sé que tendría que rencarnar en alguna de esas dos opciones, o en cura, para quitarme de encima el fastidio que le tengo a ese combo de limosneros. Y si de alcanzar el nirvana se trata, me quedo con ese grupucho de quinta categoría que sonó en los noventa y cuyo incomprendido cantante decidió quitarse la vida. Yo no quiero más vida que esta, querido Dios. Prefiero disfrutarla como si se tratara del infiero, comer como africano en restaurante de comidas rápidas, como cura en colegio masculino, como papa en internado, como monja en colegio femenino, como cardenal en jardín infantil, como monseñor en casa de pobre. A mí déjenme vivir esta vida, la siguiente se las regalo a los que la necesiten para que terminen de echarle la segunda planta a la casa.