sábado, abril 24, 2010

Qué sería de Colombia sin la guerra

Hombre, a mí ya pocas cosas me asombran. Y cada vez que quiero dejar esta quejadera que suena a vejete amargado se aparece ante mis ojos la inmundicia del mundo: de la iglesia católica, del gobierno, de la política. Para las cosas buenas está esa sección de Bancolombia en el noticiero del medio día y además presentada por actrices con tetas bien puestas y cuyos culos impostados dan ganas de apretar. Para las cosas malas, pero ornamentadas con palabras bonitas, están todos los periodistas detractores del régimen que le soplan a éste en la nuca día y noche, tanto que ya aburren a los lectores ávidos, cada vez más, de noticias aberrantes y vulgares que sorprendan a nuestra poco sorprendente naturaleza tropical.
Hace poco se descubrió para qué servía el DAS (Departamento Administrativo de Seguridad), el aparato ideológico del Estado que tantos problemas ha suscitado en los últimos años porque escándalo tras escándalo fueron levantando la podredumbre que se gestaba entre las mentes de los artífices del terror. Y, hombre, la verdad sea dicha: el miedo es necesario para perpetuarse en el poder, más para los militaristas que hallan su razón de ser en el caos social que emerge de su misma postura política que lleva tras de sí una estela de pobreza inmisericorde. Me atrevo a ir más profundo y decir que la estructura del capitalismo está tan bien montada que a medida que la pobreza se multiplica las oportunidades decrecen y, asimismo, los pobres se unen a la guerra a falta de otros caminos y engordan las filas de la guerrilla, y tiñen las páginas de los periódicos de dolor alimentando el miedo entre la sociedad para que ésta elija a los que van a acabar con esa guerra que, estructuralmente, es imposible de acabar. Y es que en algo nos tenemos que ocupar; el circo romano lo cerraron y lo trasladaron al televisor porque nuestra naturaleza voyerista requiere de la desgracia ajena para así soportar la tragedia propia. Y entonces, si acaban la guerra ¿En qué nos vamos a ocupar los colombianos? A Gabo está que se lo lleva la pelona, Uribe no puede ser reelegido, tirofijo está bajo tierra, Carlos Castaño bebe whiskey en Suiza, el Das será desmantelado, de las empresas ladronas y propagadoras de la pobreza no habla nadie por miedo a perder el empleo como forjadores independientes de opinión… Hombre, dígame usted, qué sería de Colombia sin la guerra.

martes, abril 13, 2010

¿Quién es José Galat?



Este honorable colombiano nació antes de la guerra de los mil días, se entrevistó con Roosevelt durante la separación de Panamá de nuestra gran nación, ha enterrado a todos los presidentes colombianos desde Rafael Nuñez, vio nacer a Manuel Marulanda y se entristeció cuando el joven carnicero se anexó a las guerrillas liberales de autodefensa. Asesoró a López Pumarejo en la ley 200 de 1936 sobre la reforma agraria, le susurró al oído a Rojas Pinilla cómo tomarse el poder y, sin embargo y aunque usted no lo crea, sigue con ánimos para hacer campaña política. Tiene una sólida formación como momia de museo y ha retado a la muerte haciéndole pistola con los mismos dos dedos con que mostró el número de su tarjetón electoral. Pertenece al partido conservador no por su filiación con el autoritarismo rampante sino porque, literalmente, se conserva en formol y a alguien le tiene que dar las gracias. Este maravilloso hombre pudo haber llegado a la presidencia de nuestro país si los izquierdosos que se toman los medios de comunicación no le hubieran salido al paso a sus ideas de orden y bienestar basadas en la evocación de espadas, catapultas y demás armas de antaño con las que piensa derrotar a los cachiporros. Este político fue derrotado, también, por Juan Manuel Santos, Noemí Sanín y otros de sus colegas, a pesar de sus grandes ideas y ahora se encuentra al borde de la locura y en tremenda borrachera despilfarrando los trescientos ochenta millones que le entregaron por la reposición de los votos. Para completar la celebración está desempolvando el traje con el que se casó hace 75 años, el mismo con el que piensa asistir al funeral de Fidel Castro: hasta al comunismo alcanzó a enterrar este visionario del orden y del bienestar social.