Cuando nació el General, famoso cantante de El Meneito, pensé que ya todo estaba perdido. Pero, unos años después vino el merengue house, encabezado por Proyecto Uno. Ahí sí dije apague y vámonos. De ese ismo nacieron famosas estrellas como Sandy y Papo, quienes durante años pensé que era uno solo: Sandy Papo, así como Ortega y Gasset o como el Viejo y el Mar. Me enteré de que eran dos el día que Sandy murió en un accidente de transito y dejó a Papo solo disfrutando de la fama.
Sin mencionar increíbles estrellas fugaces como Big Boy, los intérpretes del gran hit Mayonesa o Aserejé, que a pesar de su fugacidad marcaron historia, es importante citar esa frase de cajón que ya huele a viejo, a moho: todo tiempo pasado fue mejor. Cuando llegó el trance ahí sí pensé que todo estaba perdido ¿Música que nadie la toca? ¿Música que nadie la canta? ¿música que se baila como si fuéramos simios? Sin embargo, a su paso le salió el reguetón, como género altruista y simbólico que apela a la felicidad mediante la exhibición de mujeres semidesnudas que contonean las caderas y extienden los labios simulando una felación.
Cuando escuché el meneito extrañé la lambada, cuando escuhé el merengue house extrañé el meneito, cuando nació Big Boy extrañé el merengue house, cuando nació la música electrónica me sentí morir, hasta que la patria la salvó el reguetón. Entonces, ¿por qué no retomar esos ritmos que tan felices nos hicieron en las navidades? Buñuelo iba y buñuelo venía, natilla en la cara de la tía, los abuelos hacían el paso egipcio de el meneito, la lambada la bailaban los niños y las tías, sin pena de dejar entrever uno que otro gordito.
Así pues, retomemos nuestro folclor, esas que alguna vez parecían abominaciones pero que, en contraste con lo que ahora tenemos que oír, caen al oído mejor que la novena sinfonía de Beethoven.
Nota: Aclaro que el folclor que debería estar en nuestras raíces, el que de verdad nos pertenece, (música llanera, gaitas) está más perdido que la Atlántida. Lo que acabo de mencionar ni siquiera alcanza el calificativo de folclor. Lo aclaro por si algún lector metódico se siente ofendido.
jueves, abril 17, 2008
viernes, abril 11, 2008
Las creencias sobre las que se estructura el Estado son una mentira. Las formas organizativas de los seres humanos son antinaturales, motivo por el que de ellas se derivan conflictos: la familia en la naturaleza es temporal, la mayoría de las veces. La fidelidad es escasa y va en contra de nuestra esencia; en otras palabras es un sacrificio. Cuando pensamos que los parámetros de comportamiento en los que se enmarcan nuestras acciones son inmodificables, y cometemos una violación a los principios que de ellos se desprenden, somos pecadores. Si no, hemos cometido un acto de ilegalidad. Y así vamos convirtiendo nuestra existencia en un cúmulo de represiones y miedos ilegítimos, que se derivan de imposiciones y reflexiones de la moral cristiana que, antes que una doctrina, es una forma de poder y de control social.
La violencia tiene múltiples causas superficiales o inmediatas (el hambre, la pobreza, la falta de educación) pero a ella subyace la relación del ser humano con las leyes y con su entorno, en disonancia con su naturaleza. Cuando el cuerpo pide una cosa y las leyes dictan otra estamos creando seres infelices o, indefectiblemente, destinados a traspasar los límites impuestos por la barrera moral de la cristiandad. No existe un solo Estado basado en la libertad de los hombres; el que más lo pregona es un remedo de dictadura demagógica y altamente nacionalista. La educación es un adoctrinamiento represivo que enseña a los niños a odiar la diferencia, pues resalta valores que se contraponen con el resto de las concepciones que existen sobre el mundo.
Acabar con la pobreza y con la inequidad es imposible en el marco de la sociedad que hemos construido. Un alto componente de jeraquización en el poder y la satanización de las pasiones crean humanos superfluos y con ansias de poder que niegan su naturaleza y su esencia. Este mundo fue construido por los cínicos y para los cínicos, los demás, los que no creemos que debemos estar enmarcados en los pensamientos de otros, los que no queremos negar lo que somos, tenemos la posibilidad de la infelicidad absoluta o del cinismo radical.
Porque somos animales de costumbres, rutinarios, nos comportamos como máquinas cualesquiera mal construidas. La capacidad de pensar el mundo fuera de este lugar común es remota; y la posibilidad de aplicarla, risible.
Dichos vicios ascienden desde la persona hacia la familia, corrompiendo núcleos de organización que se proyectan, posteriormente, hacia la política, donde ya todo está perdido, sin remedio. De ahí regresan a la sociedad leyes moralistas e insulsas que recalcan la mediocridad y nos dan un carácter de unidad endeble: el de pertenecer a un mismo lugar y estar bajo unos mismos preceptos de comportamiento. El Estado es, entonces, un estado de imbecilidad colectiva del que todos somos parte, por más que no queramos. Es una imposición, al igual que el resto de acciones y actuaciones que componen la vida de los cínicos.
La violencia tiene múltiples causas superficiales o inmediatas (el hambre, la pobreza, la falta de educación) pero a ella subyace la relación del ser humano con las leyes y con su entorno, en disonancia con su naturaleza. Cuando el cuerpo pide una cosa y las leyes dictan otra estamos creando seres infelices o, indefectiblemente, destinados a traspasar los límites impuestos por la barrera moral de la cristiandad. No existe un solo Estado basado en la libertad de los hombres; el que más lo pregona es un remedo de dictadura demagógica y altamente nacionalista. La educación es un adoctrinamiento represivo que enseña a los niños a odiar la diferencia, pues resalta valores que se contraponen con el resto de las concepciones que existen sobre el mundo.
Acabar con la pobreza y con la inequidad es imposible en el marco de la sociedad que hemos construido. Un alto componente de jeraquización en el poder y la satanización de las pasiones crean humanos superfluos y con ansias de poder que niegan su naturaleza y su esencia. Este mundo fue construido por los cínicos y para los cínicos, los demás, los que no creemos que debemos estar enmarcados en los pensamientos de otros, los que no queremos negar lo que somos, tenemos la posibilidad de la infelicidad absoluta o del cinismo radical.
Porque somos animales de costumbres, rutinarios, nos comportamos como máquinas cualesquiera mal construidas. La capacidad de pensar el mundo fuera de este lugar común es remota; y la posibilidad de aplicarla, risible.
Dichos vicios ascienden desde la persona hacia la familia, corrompiendo núcleos de organización que se proyectan, posteriormente, hacia la política, donde ya todo está perdido, sin remedio. De ahí regresan a la sociedad leyes moralistas e insulsas que recalcan la mediocridad y nos dan un carácter de unidad endeble: el de pertenecer a un mismo lugar y estar bajo unos mismos preceptos de comportamiento. El Estado es, entonces, un estado de imbecilidad colectiva del que todos somos parte, por más que no queramos. Es una imposición, al igual que el resto de acciones y actuaciones que componen la vida de los cínicos.
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