
martes, julio 31, 2007
En este país de sordos...
Tres paramilirtares ya son candidatos a la alcaldía de algunos pueblos del país. A las autodefensas se les pretende dar estatus político para negociar con sus integrantes como si tras toda esa maquinaria sangrienta se escondiera alguna ideología que diera sustento a tanta masacre, a tanta sangre, a tanta barbarie. Mientras tanto un hombre camina medio país con el secuestro de su hijo al hombro, haciendo bulla a ver si alguien lo escucha en este país de sordos.
A Colombia pocas cosas le duelen, nada la escandaliza. Ni el ciudadano más anciano de este país recuerda un momento en el que las tórridas aguas de la guerra descansaran en paz. En Colombia sólo descansan en paz unos contados muertos, los demás están repartidos en fosas comunes a lo largo de todo el territorio esperando ser trasladados a un cementerio, o ser identificados por sus familiares para que éstos le den santa sepultura a algunos pocos restos óseos.
Pero no importa, el debate político es un debate pragmático. Acá el dolor no puede ser pretexto de argumentación, porque en los gobernantes prima la razón por encima del dolor de su pueblo. Acá no valen las lágrimas de las Madres de la candelaria ni de los padres de los soldados secuestrados. La sociedad colombiana está tomando, desgraciadamente, un tinte paramilitaresco: no al canje, no al intercambio, no al proceso de paz, sí a la mano dura.
En este país los partidos políticos han demostrado una alta incapacidad para llevar a las altas esferas los problemas reales de la sociedad: “que aporten a salud y pensión por Internet, así no tengan luz”. Cuando tratan de arreglar algo, lo que hacen es dañarlo irreparablemente. El Congreso, ilegítimo y desacreditado por ser cómplice del desangre que vive Colombia, no escucha a las víctimas del paramilitarismo: legisla sobre intuiciones, sobre imaginarios. Además de ilegítimo e ineficaz el Congreso es sordo como la mayor parte de nuestras instituciones, de nuestros ciudadanos y de nuestros medios de comunicación. Colombia no ve, no entiende y ya casi ni escucha.
A Colombia pocas cosas le duelen, nada la escandaliza. Ni el ciudadano más anciano de este país recuerda un momento en el que las tórridas aguas de la guerra descansaran en paz. En Colombia sólo descansan en paz unos contados muertos, los demás están repartidos en fosas comunes a lo largo de todo el territorio esperando ser trasladados a un cementerio, o ser identificados por sus familiares para que éstos le den santa sepultura a algunos pocos restos óseos.
Pero no importa, el debate político es un debate pragmático. Acá el dolor no puede ser pretexto de argumentación, porque en los gobernantes prima la razón por encima del dolor de su pueblo. Acá no valen las lágrimas de las Madres de la candelaria ni de los padres de los soldados secuestrados. La sociedad colombiana está tomando, desgraciadamente, un tinte paramilitaresco: no al canje, no al intercambio, no al proceso de paz, sí a la mano dura.
En este país los partidos políticos han demostrado una alta incapacidad para llevar a las altas esferas los problemas reales de la sociedad: “que aporten a salud y pensión por Internet, así no tengan luz”. Cuando tratan de arreglar algo, lo que hacen es dañarlo irreparablemente. El Congreso, ilegítimo y desacreditado por ser cómplice del desangre que vive Colombia, no escucha a las víctimas del paramilitarismo: legisla sobre intuiciones, sobre imaginarios. Además de ilegítimo e ineficaz el Congreso es sordo como la mayor parte de nuestras instituciones, de nuestros ciudadanos y de nuestros medios de comunicación. Colombia no ve, no entiende y ya casi ni escucha.
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