Bibliotecas para los pobres, música para los pobres, subsidios para los pobres, escuelas para los pobres. Les damos todo eso para que sigan siendo pobres, pobres de ambiciones, de pensamiento, de ilusiones. Y así se gobierna pensando, supuestamente, en los menos privilegiados. Escuelas vacías de conocimiento, con maestros formados en las mismas escuelas y que alimentan el ciclo de la estupidez son parte, también, de ese círculo enfermo del poder. Y los políticos crean millones de empleos cada año: de celadores, de empleadas del servicio, de obreros; porque esa es la demanda de nuestras pobres instituciones: vigilantes para salvaguardar la integridad de los ricos, sirvientas que les limpien sus casas y obreros que les construyan sus piscinas. Y el país crece a pasos agigantados, pero la plata no la ven sino los que tienen acciones en los clubes. Y familias en acción reparte billetitos de veinte mil pesos a lo largo del país para tenerles el buche lleno y el cerebro obstruido.
Entonces creamos colegios y universidades privados para pobres sobre la avenida caracas, en pequeñas casas semiderruidas, y decimos que los estamos incluyendo en la sociedad, que les estamos dando oportunidades de ser iguales, es decir, de tener títulos universitarios, pero expedidos en papel higiénico para que no dejen de ser diferentes. Son profesionales, pero pobres, y serán nuestras secretarias y nuestros asistentes porque la pobreza no cae con agua y jabón ni con títulos de educación superior dados en cualquier garaje. Democratizar la educación es abrir las universidades de los ricos a todos, es dejar de regalar billeticos pequeños (que sale barato en comparación con lo que cuesta una carrera universitaria) y dejar que los hijos de los celadores se sienten al lado de los hijos de los senadores. Mientras las páginas de empleo sigan buscando obreros Colombia seguirá siendo pobre y usted, querido amigo millonario, estará a salvo.