Cada nuevo escándalo se ve nublado por un acto de cinismo, de palabrería, o por nuevas actuaciones, vergonzosas en su mayoría, por parte la cúpula del poder que se mofa de los ciudadanos que todo lo tragan entero, y equipara hechos de suma seriedad con banalidades risibles como si la carrera informática fuera a dejar algo de tiempo para contar nuestra historia.
¿Qué pasó con los guerrilleros liberados por el Presidente en su fallido intento por mostrarle al mundo su gesto humanitario? ¿trabajan?, ¿estudian?, ¿delinquen? Como siempre al país ya no le importa, porque nadie se lo narra: y como éste otros miles de actos entran al olvido colectivo de este pueblo que vive en el afán de lo que es preciso, de lo que es noticia, de lo que es hoy.
Pero es que con tanta cosa que pasa en este país a diario, publicaríamos periódicos de la envergadura de Don Quijote de la Mancha, sólo que cubiertos de sangre, lágrimas e impunidad. Inenarrable, inmarcesible, inaprensible todo lo que pasa en este país.
Me cansé de andar pensando qué es lo preciso el día de hoy, si al fin y al cabo leer el periódico de ayer es lo mismo que leer el de hace tres días, cinco meses o cuatro años: nada nuevo, todo efímero, atestado de imprecisiones que no importan porque mañana habrá un error nuevo que llamará la atención de esta desprevenida Nación que se cree informada, indefectiblemente, sin razón alguna.
¿Y los guerrilleros liberados? Ni siquiera sabemos si eran guerrilleros, pero si así fuera da lo mismo si van de bus en bus llenando las filas del subempleo o si están disfrutando de una gruesa pensión pagada por nosotros los colombianos, porque ya el intercambio humanitario pasó a manos de Chávez y de la senadora Piedad Córdoba: probablemente han de fallar y mañana el cuento será otro; quizá Gabito entre a dar una anciana y ajada mano cansada de fotos y halagos y esta vez los animados sean los llamados intelectuales.
El ciclo del cinismo es, poco o más, ese sinfín de información que emerge a diario, sin ton ni son y que se oculta a punta de falacias, que no dejará tiempo a los historiadores para escribir nuestra historia. Está compuesto de tinos y desatinos que nublan la visión para saber lo que es preciso y relevante incluir en esta Iliada posmoderna en la que la batalla sólo la dan los grandes asesinos que desde el poder se jactan de mucha humanidad, de mucha representatividad.
Los medios, carroñeros y pendencieros, están sentenciados a ser de jueces de la verdad que dictaminarán lo que fue y lo que sabrán de nosotros nuestros hijos y nuestros nietos. Esos periodistas con mentalidad mecánica e irreflexiva son el sustento de la verosimilitud, que dista mucho de la verdad, y alimentarán, ipso facto, el ciclo del cinismo hasta que ya no sepamos quiénes somos ni mucho menos, para dónde vamos.
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