Nacemos
inmersos en un complejo universo de símbolos que dan sentido a nuestra
existencia. Nos inculcan una manera de interpretar los hechos que suceden a
nuestro alrededor y, a partir de ellos vivimos el resto de nuestras vidas de
manera incoherente, resentida, llevando a cuestas como un mal nuestra propia
naturaleza, nuestra fuerza vital. Nos enseñan a cubrir nuestros penes y
nuestras vaginas, como si se tratara maldiciones y no de fuentes de vida y
placer.
Nacemos
enfermos, con la moral encima y el instinto desbordado. Un instinto contrario a los estamentos católicos escritos
y promulgados sobre el comportamiento humano católicamente correcto: prohibida la gula, la lujuria, el homosexualismo
y la sodomía. Lo único que no está prohibido es prohibir, negar la naturaleza
misma. Y somos, entonces, ateos formados dentro de un universo simbólico
dominado por la lógica católica: nos masturbamos a escondidas, fornicamos en
silencio, comemos en exceso con remordimiento y miramos los lindos cucos de la
vecina sin que nadie lo note mientras en público nos vestimos de corbata y
simulamos ser como otros creen que debemos ser.
Cuando
tomamos consciencia de que queremos vivir alejados de esos comportamientos
antinaturales, impuestos por pervertidos que pretenden negar que debajo de sus
sotanas tienen penes y vaginas que huelen como los nuestros, estamos enfermos a
causa de la dualidad entre las pulsiones y el establecimiento.
Mi
hijo no será bautizado y podrá pedir que nadie lo moleste cuando desee
masturbarse, de la misma manera que uno quiere comer sin tener que contestar el
teléfono. No se tendrá que esconder para darle al instinto su cauce natural. Y,
espero, descubrirá por sí mismo los límites entre lo íntimo y lo público. No
creo que mi experimento pueda resultar peor que una institución milenaria cundida
de violadores, pederastas, ladrones y asesinos. No necesito argumentos, la
historia está de mi lado, y si no me crea lea un libro distinto a la biblia.
Mi
hijo lo hará a través de la razón y no de la boca de católicos incoherentes que
traicionan a sus mujeres a escondidas, desayunan niños y roban pobres. Mi hijo
no conocerá a Dios de boca de nadie distinta a la mía, ni tampoco a Jehová, ni
a Mahoma, ni a Buda, ni a ninguno de esos figurines que dan sentido a la vacía
existencia de esta humanidad desgraciada, involucionada y pobre de ilusiones.
Mi hijo vivirá la vida consciente de que el más allá es una ilusión y de que la
vida la puede palpar. Así no sea nadie para la sociedad consumista, productiva,
enferma de eficiencia y eficacia, será mejor que todos nosotros.
2 comentarios:
Valedera tu opinión y concepto al respecto; sin embargo con el debido respeto, la frase: "darle al instinto su cause natural"; debe ser: CAUCE y no "cause". NO es crítica, es una observación a tener en cuenta.
gracias!!!
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