Hace pocos días vi un caballo tendido en plena
vía de Bogotá, moribundo en medio del desorden. Y aunque muchos nos conmovimos,
seguimos adelante para cumplir con la cuota diaria del afán industrial. No sé
qué habrá sido del caballo, pero lo más probable es que haya muerto. Lo habrán
tasajeado para venderlo por carne de alta calidad, no sin antes haber sufrido
terribles dolores y espanto en medio de pitos, sonidos de ambulancias sin
pacientes, gritos de vendedores ambulantes e insultos de conductores
impacientes. Creo que nadie querría morir en una calle de esta ciudad, ni de
ninguna otra, fatigado por el cansancio de incontables horas de servicio, de
golpes, hambre, deshidratación…
El hecho se repitió hace pocos días, y no lo
presencié pero lo escuche en la radio. En el lugar se detuvieron veterinarios y
transeúntes de buen corazón que ante la gravedad del animal sólo pudieron
acompañarlo a morir. El sufrimiento no tiene excusa si puede ser evitado, y
menos cuando nos ufanamos de haber pisado la luna, de haber inventado el
computador, el Ipod, el I pone y tanta basura útil que nos acompaña en esta
existencia plástica. No soy vegetariano, ni tampoco creo que esta opción deba
ser la única para los defensores de los animales. Siempre habrá alguna
alternativa para comernos los unos a los otros sin causarnos terribles dolores.
La misma naturaleza es compasiva.
Y, en medio de esa desazón que me invade, tengo
la penosa necesidad de hablar de política. Hoy las corridas de toros son prohibidas en
Bogotá, medida que aplaudo pero no como el contentillo que se nos ha dado, ni
como triunfo definitivo que ven algunos inocentes, creyendo que sólo en dicho
espectáculo hay una alta dosis de crueldad. No, eso fue una batalla tonta, mediática,
porque tiene sangre y todo lo que sea rojo resulta llamativo. Pero si sumáramos
todo el sufrimiento y el dolor que acumulan nuestros animales domésticos
veríamos que un toro al mes no es nada en comparación con las cientos de zorras
que transitan a diario por Bogotá impulsadas por el látigo del reciclador que
no puede cargar ni siquiera con su propia existencia. Entonces descarga su desdicha
sobre el pobre corcel.
Los colombianos nos hemos centrado en la
discusión sobre las corridas de toros, y no hemos siquiera imaginado que a
diario mueren decenas de perros electrocutados, sufren caballos y zorras bajo
la mirada de policías, políticos y ciudadanos que, como yo, no hacemos nada
ante el dolor del prójimo. El animal, queridos católicos, es nuestro prójimo. Y
cuando hablo del animal no me refiero al Alcalde de Bogotá que prohibió las
corridas de toros pero no las zorras, ni creó centros de cuidado para perros y
animales, ni tampoco pensó en promover la adopción y la no compra de perros de
raza, todo esto como parte de una política integral en contra del maltrato
animal. El Alcalde, no sé si por ignorancia o estupidez, se gana los votos de
idiotas que no notaron que el sufrimiento no sólo se vive en la arena pública
en la que debuta el toro, sino también en los lugares donde bípedos como nosotros
enfrentan perros a la muerte sólo porque ellos mismos no tienen los suficientes
cojones para enfrentarla. El Alcalde no notó que por el frente del Palacio de
Liévano pasan caballos maltratados, perros con hambre; tampoco advirtió que la
carne que comió quizá es del pobre corcel que murió tendido en plena vía de la
ciudad mientras sus políticas mediáticas acaban de consagrarlo con el voto de
los tontos. Ojalá y su perra Bacatá le
abra los ojos.
1 comentario:
Estoy contigo: prevenir el maltrato animal pasa por comprender las diversas formas de maltrato que como humanos ejercemos sobre los animales. El mascotismo, la cria en granjas, la experimentación para uso farmacológico y cosmético, la diversión...una política que no contemple todo estos aspectos, será siempre una política coja.
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