El insomnio es el espacio creativo. Lo sabías, abuela? Creo que no, porque hace ya más de dos años que duermes en paz. Por mi parte, desde que me medicaron con pastillas psiquiátricas duermo bien, y por eso escribo poco. Siempre que se gana algo se pierde alguna cosa. Ya mis insultos no fluyen con el mismo ímpetu de antes, ni tengo una posición incorruptible ante la vida y los principios. Es más, últimamente prefiero los finales.
Hace años que dejé de leer Bukowski, Burroughs y Vallejo. El sistema me ha lavado el cerebro y ya no los disfruto como antes. Los veo como literatura juvenil, y los adolescentes no me gustan, porque adolecen de conciencia para disfrutar que lo tienen todo. Pero el tiempo pasa y deja huellas indelebles de taras y complejos que se potencian con la estupidez de la adultez, con la maricada esa de la sociedad y del amor y de la culpa… y todo eso que se inventaron los católicos. Yo sé, querida abuela, que eras católica. Pero lo eras por convicción divina y no por política. Y ahora sé que al final de tus días poco te preocupaban esos dilemas. Eras una mujer con claridad de lo bueno y de lo malo, aunque hablabas poco para decirle a los hijueputas a la cara lo que se merecían. La prudencia te acompañó en 50 años de casada, y aún antes de morir guardaste silencio. ¡Y sí qué tenías cosas que decir! A mí se me habría hinchado la boca de guardar tanto. Hoy sufro por hablar mucho, porque a la gente no le gusta el ensordecedor ruido de la crítica. Prefieren ocultarse debajo de su ropa de moda, o tras la cortina de humo que tiende el basuco entre la realidad y la ficción. Yo también me ocultaría si no hubiera cometido el error de abrir un libro por primera vez. Es que el conocimiento acompaña a la frustración, porque nos da conciencia de lo que no podremos alcanzar. Aunque, a modo de comentario, te cuento que el conocimiento cada vez se aleja más de las universidades y colegios, si es que alguna vez rondó esos lugares; desde que institucionalizó tenemos hordas de bestias marchando, creyendo que con saber un poco más se van a comprar el último celular, o van a pagar la prepago del año, como sueñan todos los colombianos del nuevo siglo.
Te confieso, abuela, que me hacen falta tus silencios, tus telenovelas, tus cigarrillos. Las reuniones familiares no son lo mismo sin tu presencia, porque ya no quedan mujeres mayores en la familia, y los hombres tendemos a ser estúpidos por naturaleza. Sin embargo, hacemos nuestro mejor esfuerzo para sobrevivir a tu ausencia. Mi tía lo hace bien, así que sigue durmiendo, tu espacio creativo ya terminó.
Nota: Perdóname no abrir los signos de interrogación, pero la globalización acabó con esas maricadas inútiles.
1 comentario:
Aún en las reuniones familiares siento su presencia y aunque divulgado no ha sido, en mis sueños le veo y me acompaña en el transcurrir de mis días.
El dolor de su ausencia lo mitiga, su felicidad en la eternidad y el no ver, la actitud de las rémoras que le acompañaron en su madurez maternal.
Hoy muchas cosas ya no importan; solo su ausencia me acongoja, descansa, que bien merecido lo tienes; de mi parte y como siempre, hago lo mejor que puedo.
Que alegría, el saber que no sabes lo que yo sé y no ver ni oír lo que yo veo y oigo.
Mi amor por ella, como por los ausentes seres amados que allá le acompañan, se funde en el curso de mi existencia; para expandirse en el infinito cuando a su lado nuevamente esté.
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