viernes, abril 11, 2008

Las creencias sobre las que se estructura el Estado son una mentira. Las formas organizativas de los seres humanos son antinaturales, motivo por el que de ellas se derivan conflictos: la familia en la naturaleza es temporal, la mayoría de las veces. La fidelidad es escasa y va en contra de nuestra esencia; en otras palabras es un sacrificio. Cuando pensamos que los parámetros de comportamiento en los que se enmarcan nuestras acciones son inmodificables, y cometemos una violación a los principios que de ellos se desprenden, somos pecadores. Si no, hemos cometido un acto de ilegalidad. Y así vamos convirtiendo nuestra existencia en un cúmulo de represiones y miedos ilegítimos, que se derivan de imposiciones y reflexiones de la moral cristiana que, antes que una doctrina, es una forma de poder y de control social.

La violencia tiene múltiples causas superficiales o inmediatas (el hambre, la pobreza, la falta de educación) pero a ella subyace la relación del ser humano con las leyes y con su entorno, en disonancia con su naturaleza. Cuando el cuerpo pide una cosa y las leyes dictan otra estamos creando seres infelices o, indefectiblemente, destinados a traspasar los límites impuestos por la barrera moral de la cristiandad. No existe un solo Estado basado en la libertad de los hombres; el que más lo pregona es un remedo de dictadura demagógica y altamente nacionalista. La educación es un adoctrinamiento represivo que enseña a los niños a odiar la diferencia, pues resalta valores que se contraponen con el resto de las concepciones que existen sobre el mundo.

Acabar con la pobreza y con la inequidad es imposible en el marco de la sociedad que hemos construido. Un alto componente de jeraquización en el poder y la satanización de las pasiones crean humanos superfluos y con ansias de poder que niegan su naturaleza y su esencia. Este mundo fue construido por los cínicos y para los cínicos, los demás, los que no creemos que debemos estar enmarcados en los pensamientos de otros, los que no queremos negar lo que somos, tenemos la posibilidad de la infelicidad absoluta o del cinismo radical.

Porque somos animales de costumbres, rutinarios, nos comportamos como máquinas cualesquiera mal construidas. La capacidad de pensar el mundo fuera de este lugar común es remota; y la posibilidad de aplicarla, risible.

Dichos vicios ascienden desde la persona hacia la familia, corrompiendo núcleos de organización que se proyectan, posteriormente, hacia la política, donde ya todo está perdido, sin remedio. De ahí regresan a la sociedad leyes moralistas e insulsas que recalcan la mediocridad y nos dan un carácter de unidad endeble: el de pertenecer a un mismo lugar y estar bajo unos mismos preceptos de comportamiento. El Estado es, entonces, un estado de imbecilidad colectiva del que todos somos parte, por más que no queramos. Es una imposición, al igual que el resto de acciones y actuaciones que componen la vida de los cínicos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

NO TE PREOCUPES QUE APENAS SURGIO EL HUMANO YA ESTABA DESTINADO A DESAPARECER CUANTO TIEMPO NOS QUEDA JODIENDO EL PLANETA, LAS OTRAS ESPECIES DE VIDA Y DE PASO A NOSOTROS MISMO , QUE RARO ESTE ENGANO DE PENSAR QUE SOMOS ETERNOS Y QUE NUESTRAS QUERIADAS Y ABERRARAS INSTITUCIONES VAN A ESTAR PARA SIEMPRE .
OJALA QUE ANTES QUE TERMINE NUESTRO CUARTO DE HORA, DECIDAMOS VOTAR TODO EL CUNDIONAMIENTO CULTURAL Y JUGUEMOS A SER VERDADERAMENTE NATURALES.