En
mi casa se fundió la televisión, por lo que dejamos de ver los noticieros que
ustedes, bajo presiones económicas y víctimas de su propia ignorancia
disfrazada de autocensura, producen para amplificar a mil voces la misma
información. Datos carentes de investigación, notas escritas de afán y
entrevistas a los mismos personajes que no aportan nada útil son lo cotidiano,
además de noticias sobre fantasmas, apariciones de la virgen y abducciones
extraterrestres.
Apagué
el televisor, pero no me libré de la sombra que ustedes, con sus inmensos
tentáculos, llevan hasta los restaurantes, los talleres de mecánica, las
cafeterías y otros sitios que frecuento. Ahora los miro con distancia, sabiendo
que a través de ustedes no me informo ni aprendo nada nuevo, que sus consejos
médicos en el noticiero del mediodía son como el acetaminofén de las EPS, que
su información política es tan inútil como fría y predecible, llena de
intereses económicos, posturas ideológicas retrógradas y explotación de la
miseria humana. Una miseria que empieza por el salario de sus periodistas, que
ganan menos que un taxista, una miseria que inicia desde la academia de
periodismo donde se enseña a dar información en función del espacio y no de las
fuentes, una academia que desplaza las clases de historia para reemplazarlas
por talleres de photoshop, para maquillar esta inmunda realidad que no necesita
disfraces.
La
opción de elegir se llama apagar el televisor, porque nuestra libertad es optar
por la cara del marrano lector de la noticia que, en definitiva, está escrita
casi igual en todos los canales. ¿La razón? Porque se la compraron a la misma
agencia de prensa o copiaron el mismo comunicado oficial, o quizá porque
invitaron al mismo experto cuyo discurso lleva décadas inundando imaginarios de
incautos y estúpidos que no se detienen a verse a sí mismos para notar que en
su cotidianidad hay más noticias y realidad que en los viajes de la magistrada,
en los millones que se robó la reina, en las tetas que se mandó poner la actriz
y en lo mal polvo que resultó Luis Miguel.
Hoy
los miro como una comedia, y me río a carcajadas del ébola. ¿de qué nos sirve
toda esa información de mierda que publican a diario? ¿Acaso podemos hacer
algo? ¿Van a repartir trajes de protección como acetaminofén en Saludcoop? En
cambio ¿por qué no hablan de los muertos que suman las EPS negando servicios a
enfermos de escasos recursos? ¿Alguno de ustedes se ha acercado a una familia
que esté entre demandas y desacatos de esta tortura de sistema? No, ciegos,
imbéciles, farsantes. Y cuando se acercan lo hacen con números, como si no se tratara
de vidas humanas.
Siento
como si la tecnología hubiera avanzado a zancadas y los periodistas hubieran
retrocedido hasta su propio paleolítico. Hoy creo que cada día que pasa desde
que se fundió mi televisor Sony 1985 soy menos bruto.
1 comentario:
Grandes verdades, en especial aquella de las indolentes EPS's y la dura travesía para obtener le protección en la salud, que finalmente termina en la muerte del paciente; pues culmina con la muerte del paciente, que fallece esperando la atención que ordenan los juzgados en los fallos de tutela.
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