Resulta repugnante la sola idea de pensar que los humanos agonizantes deban solicitar permiso a un juez para dejar de sufrir. No sólo resulta indignante sino intrusiva y malévola la noción de que Dios es quien da la vida y sólo él puede arrebatarla; es justamente de ahí de donde nace este debate enfermo que no permite a los ateos y agnósticos acabar con su propia vida cuando el dolor así lo manda. Yo no pienso pedir permiso para morirme, señores jueces, lo declaro en público y si eso merece arresto enciérrenme, pero con las putas y los travestis que a mí los católicos me caen mal. Yo no pienso solicitarle a ningún abogado formado en Universidad religiosa una autorización autenticada para morir, si alguna vez llegara a necesitarla.
Y, mientras el Estado prohíbe a la gente abandonar este mundo por decisión propia, sus funcionarios se roban el dinero de los medicamentos de los pobres para acabar sus vidas, pero causando un extremo sufrimiento: en mi cabeza resulta aberrante esa idea de justicia, de salud, de existencia. ¿Acaso la vida no es nuestra, de cada uno de nosotros y por eso podemos vivirla como nos plazca? ¿Y si la muerte es parte de la vida por qué no podemos decidir cómo irnos? ¿ustedes piden permiso para irse de las fiestas? ¿quién está más capacitado que yo mismo para saber cuándo la fiesta se puso aburrida? ¿Sólo Dios? ¿a él alguien lo vio en la fiesta? ¡Ah! Es que me olvidaba de que la vida no es una fiesta, acá venimos es a sufrir, porque el goce está prohibido en vida, sobre todo para los pobres; lo verán pero allá lejos, en el paraíso, ese que nadie ha visitado tampoco.
La iglesia, además de hacer la existencia infeliz, tiene que entristecer y hacer dolorosa la partida, porque si no ¿de qué se trata todo esto? ¿de comer bien, de ir de fiesta, de hacer el amor, de tener amigos? Todas esas ideas de sufrimiento y agonía se gestan en una mentalidad católica que penetra el Estado bajo sus formas de predicación tradicional, en las que se invoca a Dios mediante la boca de los mandatarios que, de manera colectiva y por televisión, piden que por mandato divino deje de llover, que el Sida se acabe, que el cáncer se extinga, que la izquierda se esfume, que los ateos se conviertan, que los homosexuales se enderecen, que las prostitutas dejen de ejercer, que los travestis de se dejen de maquillar. Y el mundo sigue andando y Dios y los ángeles a lo lejos ríen a carcajadas de nosotros los ateos, por hacer caso a los curas y a las monjas sobre cómo vivir.
Todavía no me explico por qué los curas opinan y saben de todo: ellos que nunca han criado le dicen a los padres cómo educar a sus hijos. Ellos que jamás han besado mujer alguna ni han vivido los cambios anímicos de ellas dicen al hombre cómo ser paciente. Ellos, los mismos sabihondos, dicen a las mujeres cómo sonreír y soportar los fétidos pedos de sus maridos. Ellos, que todo lo saben, abren sus inmensas bocas para decirle al mundo cómo vivir, mientras bajo sus sotanas se masturban a ambas manos, deseando a mis hijos y mi vida y a mi mujer. Pues les aviso de una vez por todas que a mis hijos lo educo yo, mi muerte la planeo yo. Y, a mi esposa, me la tiro yo. ¡Salud!
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