¿Quién va a escribir nuestra historia? No lo sé y afortunadamente no viviré para verlo ni tampoco para leerla. No imagino a un hombre buscando en el periódico El Tiempo indicios para narrar la hecatombe de la era Uribe. ¿cómo lo describiría, a Uribe? Pequeñajo alborotado que viste de forma campechana y habla inglés fluido, fue el presidente de Colombia antes de la invasión gringa. ¿Y cómo haría para enteder El Tiempo como fuente? Fue propiedad del entonces vicepresidente del pequeñajo bilingüe, pero después se lo vendieron a un grupo español que tenía más propiedades en Colombia que el rey de España durante la Colonia en el S XVII. El mismo periódico sirvió para abrirle las puertas a su primo, quien era ministro de defensa y nieto de ex presidente, para que se convirtiera en el próximo presidente de Colombia. Durante su campaña presidencial éste hizo quedar en ridículo a un maestro universitario enfermo de parkinson que también buscaba la presidencia, el cual como alcalde se vistió de bufón y se casó sobre un elefante.
Y si el historiador pretende hacer microhistoria y partiera del indicio de la conversación de Uribe con al mechuda cuando le decía si lo llego a ver le voy a dar en la cara, marica, ¿qué podrán escribir sobre nosotros? ¿Qué nuestro presidente andaba con hombres que tenían nombre de mujer y que gobernaba a punta de insultos telefónicos? Y si le da por hacer historia de los de abajo ¿cómo caracterizaría esta masa informe para verla como forjadora del presente? Marchantes asiduos de la carrera séptima, los colombianos encontraron en esta forma de manifestarse una manera de faltar al trabajo y de sentir que tienen un compromiso social. La determinante económica sería que el día de marcha seguía siendo pago por los patronos.
Si el investigador se basara en la historia cultural para escribir a los colombianos, tendría que hacer trabajo etnográfico sobre la morcilla, el vallenato, el chunchullo, el santo cachón, los 31 de diciembre y la canción de faltan cinco pa las 12 para decir que fuimos, sin lugar a dudas, una sociedad con un particular sentido de la estética.
Y si en doscientos años el giro lingüístico no ha desaparecido, el historiador no dudaría en analizar el significado que tiene que una sociedad sea capaz de empelotar a Yidis Medina en una revista y que la misma se venda. Afortunadamente, después de la deconstrucción de signos y de sus significados ocultos la conclusión sería que Yidis nunca existió, que no la tuvimos que ver nunca caminar con sus gelatinosas carnes entre los honorables parlamentarios. Respiro profundo y repito con satisfacción, afortunadamente no viviré para verlo ni para leerla.
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